30 de julio de 2008

MEDITACIÓN


Dicen los que saben que el gran problema del ser humano es que está dormido pero que está convencido de que está despierto. Esto puede sonar un poco extraño porque para el entendimiento común una persona está consciente cuando tiene los ojos abiertos, habla y responde a lo que se le pregunta. Para los que han investigado un poco el asunto de la conciencia, el hombre común, ese que se levanta, desayuna, trabaja y se acuesta a dormir, más que a un individuo, se parece a una máquina sin operario, reaccionando automáticamente a los estímulos de acuerdo con un patrón inconsciente de comportamiento determinado enteramente por el hábito o por la genética.

Si esto es difícil de aceptar, le sugiero que se siente frente a una pared durante una hora, con el firme propósito de no moverse de ahí y de observar qué pasa. A muchos la sola idea les resulta insoportable: nos es imposible soportar la avalancha de incomodidad corporal, impaciencia, desespero, aburrición o preocupación que nos invadiría; incluso a pesar nuestro. Esto nos da indicios de que la mente, es decir, esa suma de hábitos emocionales, mentales y corporales, es como un caballo salvaje, libre, sin amo, y que nosotros, dueños del caballo, ni siquiera nos enteramos de que tenemos un caballo y menos aún de que es el caballo el que nos manda a nosotros.

Lo que se pretende con la Meditación es darle al amo del caballo su lugar. Para ello lo primero que hay que hacer es darnos cuenta de que efectivamente hay un caballo y que nosotros, el amo, el real nosotros, existe, y que es alguien distinto a ese caballo. Para lograr esto es necesario cultivar la atención: esa maravillosa facultad de observar cualquier cosa sin identificación. Digo sin identificación porque comúnmente se entiende a la atención como estar imbuido o absorto en una acción, como cuando alguien está “atentamente” viendo televisión.

Esto no es tarea fácil porque normalmente la atención se nos va hacia las cosas con las que nos identificamos, por ejemplo, nos enojamos y la emoción nos posee completamente, o pensamos algo y se nos van minutos enteros perdidos en un sueño diurno sin darnos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. La atención en nosotros es tan frágil que requiere entrenarse, es una habilidad que requiere desarrollo. Por eso las técnicas de meditación sugieren primero concentrar la atención en algo, generalmente en algún proceso o sensación física como la respiración o la escucha. Se nos pide entonces que prestemos atención a algo y que si la mente nos distrae, llevemos de nuevo la atención al foco.

Este proceso separa la identificación del observador con lo observado, es decir, el amo se da cuenta que tiene un caballo salvaje. Con la práctica, la identificación de la atención con la mente se hará cada vez menor, hasta el punto en que el observador se separa definitivamente de su mente. La mente, como un caballo salvaje que quizás nunca sea domado por su amo, podrá eventualmente ser puesta en un establo o dejada libre a voluntad, pero nunca más el amo estará a merced de los impulsos y la reactividad de su caballo.

Este estado, por breve que sea, donde el observador mira todo lo que ocurre sin irse detrás de nada, como un espejo que desinteresadamente todo lo refleja, es lo que realmente puede llamarse Meditación.

La Meditación es entonces el acto consciente y reiterado de convertirnos en testigos de nosotros mismos, de estar vigilante a los procesos de identificación y de diferenciar, momento a momento, lo que se es realmente de lo que no se es.

La Meditación no es una técnica, es una habilidad, y por lo tanto no se enseña. Toda técnica es un hacer, y en Meditación lo que se trata es de no hacer nada. La técnica muestra un camino, esencialmente, el de liberar al observador, al amo. De ahí en adelante, Meditar se entiende como reconocer, cada vez que se pueda a ese amo y observar, apaciblemente al caballo correr, cuando esté saltando; comer, cuando esté comiendo; y al silencio cuando el caballo esté dormido.

En esencia, la Meditación es la capacidad de entrar en ese espacio silencioso, quieto, atento y dichoso donde simplemente se es, haga lo que se haga, pase lo que pase.

JUAN LUIS ZAPATA
Consultor.