21 de junio de 2011

HACIENDO ALMA

TEATRO Y DIBUJO: DOS PROPUESTAS CREATIVAS

“El alma no es algo que uno tiene, sino un ámbito irreductible, una perspectiva o serie infinita de perspectivas, una atmósfera proteica que todo lo envuelve y en la que uno ES. El alma no es el testigo de un acontecimiento externo, sino el medio en que tal acontecimiento tiene lugar.”


James Hillman. Re-imaginar la Psicología

Desde el punto de vista de la psicología arquetípica, el alma y sus contenidos tienen una naturaleza imaginativa, afectiva e intelectual. Tres cualidades de la psique en constante búsqueda de expresión; la mayoría de las veces de forma inconsciente, y otras de formas más creativas, en donde lo consciente y lo inconsciente se funden en el milagro de la obra, del opus, como en el caso del arte y en la experiencia artística.

En mi labor como psicoterapeuta he encontrado en la danza, el dibujo y el teatro anímico, vías regias de expresión y contacto con los contenidos de la bella y afectable psique. Quiero compartirles las reflexiones de dos mujeres quienes a través de sus vivencias en el teatro y exploraciones con el dibujo se topan creativamente con las cualidades imaginativas, afectivas e intelectuales de sí mismas, tejen su obra interna y externa, es decir, hacen alma.


EL TEATRO COMO TERAPIA

Luisa Fernanda Escobar

La vida fluyendo en el cuerpo, la vida fluyendo en las tablas, emociones llegan y van, vuela la imaginación, el mundo de la fantasía invade tus venas y de repente los problemas de la vida tienen solución en una obra de teatro…

El teatro, trabaja sobre el interprete y sobre el público, es un medio para educar, sirve como espejo de la realidad, cuando vemos en las tablas la interpretación de la vida y logramos identificarnos con ella, comprendemos que la vida es más sencilla de lo que parece, aprendemos a convivir con el otro, logramos sonreír ante las adversidades, desarrollamos el sentido de la cooperación y establecemos un puente consiente entre nosotros y nuestras emociones.

El fuerte trabajo corporal y psíquico que tiene el teatro, se da en pro de elevar la energía, ese trabajo tiene un fin artístico, pero de una forma muy sutil, el teatro va mas allá de lo que logramos percibir como espectadores, no solo permite identificarse, también nos lleva a fundirnos con el mundo generando un entendimiento del por qué las personas nos comportamos como nos comportamos, aprendiendo a fluir con esto sin crear juicios.

La búsqueda del actor: Cada uno es un sujeto y en el universo teatral, el primer sujeto a interpretar es uno mismo; por lo tanto, toca viajar internamente en busca de quien eres, esa experiencia emocionante y bella, es la búsqueda del actor.

Desde mi propia experiencia con el teatro, he tenido que centrarme en el conocimiento de mis ciclos naturales e identificar como se mueve mi ying y mi yang, ese es el primer trabajo a realizar, pues si no te conoces, jamás podrás interpretar a otro que no seas tú. El teatro desnuda tu alma, devela tus miedos y los transforma, convirtiendo estos en fortalezas que te harán un mejor ser humano. El trabajo del actor sobre la percepción y la concentración, me ha llevado a transformarme en un ser más sensible y me ha ayudado a estar más presente en el ahora.

movilización de energía consciente, desnudar el alma, desconocerse y conocerse, analizarse e interpretarse a sí mismo, ratificarse, identificarse, ubicarse, llenarse de fuerza para aceptarse y vivirse plenamente, reírse de la vida, movimiento interno y externo… eso es el teatro, un invasor benéfico, un conocido desconocido que te lleva a esculcar lo más profundo de tu ser.


ME BUSCO EN MIS DIBUJOS-ESPEJOS

Ana C. Sánchez

Todo comienza el día en que leí un texto –cuyo autor no quiero recordar- en el que se planteaba el ejercicio de dibujar el niño interno con la mano izquierda. Como desde hace algún tiempo vengo en el plan de encontrarme con mi niña, conocerla y reconocerla, abrazarla…, me pareció que dibujarla era otra forma de tenerla presente. El ejercicio también sugería pintar atenta a los colores que más me llamaran la atención en ese instante.

Un trazo azul violeta creó un óvalo; de inmediato, el morado quiso tomarse el lugar para darle tinte al corte infantil con el que aparezco en muchas fotos de mi niñez. Unos ojos grandes y abiertos se tomaron el centro, luego una boca y un corazón azules. Emerge, complementando, lo que parece ser una mano, que en realidad es un gesto.

Impresionada, y a la vez satisfecha, ubico el rostro en mi altar como un homenaje a mi niña; ya llegará el momento de comprenderlo. Días después, sentí el impulso de seguir explorando; jugar con la ley de las probabilidades, sorprenderme con rostros que parecen otras mujeres, pero no son más que otras yo. Los autorretratos que he hecho buscando a mi niña derivaron en eso: expresiones de mi misma, todas las mujeres en mí (los rostros del femenino): niña asustada, niña angelical, adolescente enojada, la adulta estresada, la mujer sabia-la abuela.

Y, en medio de ellas, comienzan a desdoblarse otros temas; manifiesto un impulso de escribir con color, de recrear mis propios mitos, preguntas, angustias y retos con el dibujo; cosa fácil en vista de tantas necesidades e interrogantes. Entre ellos hay uno que reclamó mi atención: mi costado superior izquierdo. Allí tengo una cicatriz grande, provocada por una vacuna, que me acompaña desde los primeros días de mi vida. Nunca me había interesado de verdad por esta marca, salvo en ciertas ocasiones en que opiniones de otras personas, en la línea de lo “estético” me la recordaban, pues, al tenerla detrás de mí, era posible olvidarla por lapsos de tiempo.

Un día se encajó un dolor en el sitio donde está la cicatriz. La molestia que me causó atrajo mi atención hacia la parte dolorida, pues pasé varios meses con él acuestas; yo no sabía exactamente qué me pasaba, yo no sabía que ese dolor tenía nombre, fecha, circunstancia, pero ahí estaba. Se convirtió en un toc-toc-toc, ¡hey, estoy aquí, mírame! Y sí, descubrí con un masaje el origen: un duelo no elaborado a tiempo. Fue muy sorprendente encontrarme tantos meses después llorando por un asunto que creí clausurado, pero, el reconocimiento de lo que me estaba pasando y las lágrimas limpiaron un poco el dolor. Luego, me correspondió vérmelas con la cicatriz, la cual, continuó llamando a mi puerta, a través de una sensación de rasquiña que, en su momento, interpreté como la sanación de la herida. Inquieta por tanta rasquiña y con la intencionalidad de ayudarme en el proceso, una noche decidí intervenir con mi varita mágica de color. Así es como nace una serie de dibujos cuyo tema es mi cicatriz. A través de ellos he querido conjurarla e iluminarla con el verde de la sanación.

No sé si todo es lo mismo o si, paralelamente, muchos procesos buscan su desarrollo; el caso es que he estado animada pintando. Por este camino, mis inquietudes van a sus fuentes, y una de ellas, por supuesto, son los sueños. Tengo una serie en proceso sobre imágenes oníricas que traigo a la realidad, sobre algunos personajes –por lo general animales- que pertenecen al reino de mis noches: la serpiente verde limón enrollada sobre sí misma sonriéndome, el centauro intimidante, pero concesivo, el lobo de verdad. Me he preguntado son ¿otros yo? No lo sé exactamente, pero tomaron concreción línea tras línea.

En ese ir y venir y conectarse de las cosas, un lobo de un sueño me lleva al lobo de la historia y de la mitología; en esta búsqueda tropiezo con Pinkola (2008): “En México dicen que las mujeres llevan la luz de la vida. Y esta luz está localizada no en el corazón de las mujeres ni detrás de sus ojos sino en los ovarios […]. Cuando la loba canta, lo hace desde los ovarios con una sabiduría que procede de lo más hondo de su cuerpo, de su mente y de su alma” (P. 50). Estas palabras fueron una provocación para conectarme con la mirada de mi loba, para buscar, aceptando lo expresado por Pinkola, los ojos que miran bajito y profundo. Así, comencé una serie de dibujos que exploran esa temática: mi cuerpo-tronco, árbol, jarro; mi cuerpo contenedor del universo con ojos que saben mirar el día y la noche.

Y como de lobos estaba hablando, en el fluir de la sanación tuve que despedirme de uno que llevaba muchos años atravesándose por mi bosque, entreteniendo mi camino, sacando provecho de mi mirada de caperuza roja. ¿Qué hacer para enfrentar el dolor?, ¿cómo cortar el cordón que yo misma había amarrado alrededor de un espejismo? Un dibujo; esa fue la respuesta, esa la vía. Mientras mi mano contorneaba dos rostros conocidos que se miran para decirse ¡Adiós!, mi fuente interna se agitó, como si se tratara de un movimiento telúrico; el movimiento hizo que un chorrito de agua se escapara por mis ojos y, con ella, se fue el lobo, se fue el dolor.

Ahora, en mi presente, varias ideas me dan vueltas, me tienen inquietas, pugnan por tener aliento, por vestirse de color, de forma. Están en camino…