24 de noviembre de 2011

Sueño para no Olvidarte: La historia de Maria Nubia


Esta es la historia de una madre, Maria Nubia Torres, capaz de transformar el dolor de la desaparición de su hijo en una fuerza creativa que comparte con otras mujeres a través del tejido y un proyecto común: El Parque de los sueños justos. Su tejido, su historia es inspiradora de vida y creación.


YO SOY MARÍA NUBIA


DOLOR

Quise cantar y se apagó la voz en mi garganta

Quise llorar y el dolor ahogó mis lágrimas

No pude hablar…

Por poco el pecho se aparta de mi alma

Sentí oscuridad de día

Y en la noche una espesa tiniebla

Canto al loco espejismo de tu sombra.

No quiero morir en este paisaje tan sombrío

Que me mata poco a poco

Y me encierra en el vacío de la incertidumbre

Que me ha dejado mi amor,

Mi OMAR.

Poema de Nubia Torres A.

Nubia es fuerte como un roble, bajita y soñadora como un adolescente enamorado, por eso hace poesía; es una crítica perfeccionista como un intelectual que se mira sin dejar de mirar a su alrededor.


Me llamo María Nubia Torres Aguirre la hija número 11 en el hogar de Jesús Antonio Torres y María Estefanía Aguirre quien aún vive y lo hace bajo mi cuidado.

Nací en una vereda de nombre Falditas en el Municipio de San Rafael Antioquia un 1º de Diciembre de 1950. No necesité abrir los ojos, vine con ellos muy abiertos, pero fui pequeña de estatura y grande en el arte de buscarle salida a mis problemas.

San Rafael es un municipio minero desde su origen y con mucha agua, por eso tiene tan lindos paisajes, con razón le dicen “Embrujo de aguas cristalinas". Tiene unas quebradas y unos charcos tan divinos que ni para qué decirle. Son famosas sus Fiestas del Río, que se celebran cada enero. Como produce tanta panela, a mi municipio yo lo llamaría paisaje dulce de aguas de luz, debido también a que sus ríos alimentan grandes hidroeléctricas que venden la energía.

De mi niñez tengo mucho para contar. Cosas buenas y cosas muy malas porque yo fui una niña muy maltratada por mi madre: todo el día me daba garrote, porque en su desesperación con 22 hijos, todos le teníamos que ayudar a cuidar de mis hermanos. Así que los más pequeños eran nuestra responsabilidad. Ahora comprendo porque mi mamá quedó enferma. Hoy está perdida en la memoria que le arrebató el Mal de Alzheimer. Ahora adulta ya, comencé a pensar que las enfermedades son gritos del pasado y evasión del presente y aún del futuro.

Esa etapa de niña la tengo perdida en las nebulosas que me causaron los gritos de mi mamá, quien me decía en forma repetida: negra fea nariz de escopeta, no sé para que nació esta negra tan parecida a ese viejo patitorcido del papa. Yo recuerdo sentir dolor no por mí, sino porque trataba muy mal a papá a quien yo adoraba, porque siempre fue mi refugio aunque no fuera capaz de decirme palabras bonitas, pero era que con solo recostarme en su regazo yo volaba de emoción y entonces él cual cómplice, me decía una y otra vez: no le haga caso a su mamá que es loca.

Yo he sido intuitiva, tenaz y soñadora, por eso trataba de que esas palabras no hicieran mucha mella en mi corazón. Yo quería ser muy estudiada para convertirme cuando fuera grande en una muy buena enfermera. Entonces cuando jugábamos yo siempre me pedía ser la enfermera. Me veía con mi vestido blanco y mis zapatos silenciosos. Hoy en silencio cuido los nuevos gritos de la inconsciencia de mi madre. Soy su enfermera, hasta el punto que los médicos me felicitan por lo bien cuidada que la encuentran. Les cuento que sigo siendo soñadora porque además sueño cosas lindas y visionarias.

Nunca tuve un juguete ni siquiera en navidad, pero como he sido muy creativa yo diseñaba mis muñecas de trapo y con barro y tronquitos de madera creaba unas maravillosas vajillas que hacían las delicias de mis juegos infantiles.

Un día muy especial nos trajeron al pueblo por primera vez con motivo de las confirmaciones. Esa ceremonia se celebraba cuando el Obispo tenía tiempo de viajar a tan lejanas tierras donde se encontraba con niños y niñas que estrenaban zapatos o que por primera vez se los calzaban. Asidos de la mano y en grupo, mis hermanitos y yo caminábamos como si tuviéramos callos y nos parábamos como alelados ante lo novedoso que encontrábamos en ese lento descubrimiento de lo urbano contenido en ese entonces en el casco de San Rafael. Recuerdo el impacto tan negativo que sentimos cuando alcanzamos a ver por la calle terrosa que una especie de animal con cuatro ruedas se acercaba a nosotros resoplando como fiera azuzada, lo que de inmediato nos hizo correr en desbandada. Entonces mis papás no tuvieron más remedio que recuperar en diferentes sitios a tan numerosa prole asustada.

Pero debo decir que esa no fue la única experiencia dolorosamente rica de bajar al pueblo un domingo colorido. Otro de esos días cuando caminábamos vagando por las calles, mientras los papás hacían mercado, yo alcancé a ver unas niñas que jugaban cerca de sus casas con unas muñecas de celuloide hermosas y muy grandes. Entonces yo me fui acercando en forma sigilosa y con nadaito de perro me colé en ese fantástico muñequero. Y como para relacionarse no hay como la intrépida palabra que los niños saben manejar muy bien, yo comencé a decirles: niñas yo me llamo Nubia, ¡qué muñecas tan hermosas ¡ ¿de qué mina las sacaron?... (Era que parecían joyas sacadas de la mina de San Rafael y aparecidas como un sueño ante mi fantasía enriquecida cada vez más con los anhelos no saciados). Pero resulta que ellas empezaron reírse de mí al mismo tiempo que señalaban mis pies desnudos y mi ropa simple y mal confeccionada. De inmediato sentí que me moría y en medio del impacto, comencé a verles los vestidos más hermosos de lo que seguro eran y también esas pequeña se volvieron grandes de repente.

Este acontecimiento me hizo pensar soñando que algún día yo les podría robar al menos una muñeca de las que ellas abrazaban como defendiéndolas de mí. Robarlas, arrebatarlas se convirtió en mi obsesión. Por eso mientras tramaba mi estratagema, le hacía preguntas recurrentes a mi papá: ¿Vos por qué no me comprás una muñequita algún día?; ¿papá por qué yo no tengo una muñeca como ésas? Y mi pobre padre me respondía con un simple: porque ellas son ricas y nosotros pobres.

La carencia de no tener una muñeca despertó mi creatividad y aprendí a coser solita, diseñaba, cortaba, rellenaba, las cosía, las vestía y luego les complementaba diferentes atuendos que llevaban hasta carteras como las que veía en los escaparates del pueblo. Las niñas de mi vereda envidiaban la ropita de mis bellas muñecas. De ese afán nació mi curiosidad por las vitrinas, es que ellas me muestran lo que yo puedo hacer con estas manos bendecidas por Dios. Nada se me dificulta y cuando no tengo plata para la comida del día con los míos, salgo al centro, compro una tela de tres mil pesos y en un santiamén saco del sombrero del mago- mi máquina de coser- una bella camiseta cuyo costo final supera 5 veces el dinero empleado en la compra de la tela.

En ese pueblo mío conocí el sabor nunca olvidado de los confites y también el de las paletas y cuando mis hermanos decían ¡qué bueno tener cremas y confites acá ¡ yo les prometía que cuando yo fuera grande les iba a comprar muchas cosas... Aunque sé que no he cumplido mi promesa, qué mejor regalo que cuidarles a nuestra madre y a nuestra hermana Carmen Adriana con problemas neuropsiquiátricos, (algunos, secuelas de la violencia demencial de su ex marido quien barría el piso con ella).

Como mi madre también tenía su lado amoroso, un día la escuché diciéndole a mi papá que yo iba a cumplir ocho años y que era hora de que yo fuera a la escuela. Entonces mi papá le respondió que las mujeres para cocinar no necesitaban estudiar, pero ella en forma tajante con esta frase le hizo saber su decisión: ¿cómo qué no?, las mujeres todas deberíamos aprender al menos a firmarnos y a leer para librarnos de muchos engaños.

En 1958, se llegó el día de ir a estudiar y comencé en la escuela de Falditas a donde llegué muy limpia y peinada y con mi maleta nueva. Pero… desde que me llamaron a lista me di cuenta de que en mi profesora, yo no había despertado la simpatía que esperé en mis sueños. Fue así como a los 15 días de clase me dio los primeros reglazos con una regla de 10 cts. de ancho, y con ese palo (como yo la llamaba) continuó castigándome. Y me castigaba por mi gana de hablar, de conseguir amiguitas y de soñar -que hoy sé que es el motor de la creatividad-. En verdad yo no entendía su proceder y eso me hacía sentir sola, sin apoyo de nadie, pues mis padres daban órdenes para que me domaran y así aprendiera a escribir a punta de castigos. De hecho, esto me afectó tanto que hoy todavía me da miedo escribir, me siento insegura y me da brega valorar lo que hago en este sentido. Tengo que escuchar la voz de alguien que le mis líneas para comenzar el proceso de saborear mis notas: hago poesía, redacto muchas cosas y escribo canciones. A propósito tengo un libro de poemas, el que espero publicar un día.

Mi período de preparación escolar duró apenas dos años, puesto que mi carrera fue la cocina, el sembrado y la niñería en la finquita de mis papás. Allí se truncaron los sueños de estudiar hasta cuando a los 17 años me rebelé y me vine para Medellín donde fui a dar a donde unas monjitas que me daban posada mientras yo trabajaba. De esta manera, con tan poca instrucción pude trabajar en forma decente.

Esta cuidad me despertó a la vida. Aprendí muchas cosas, entre ellas a desconfiar de los hombres porque muchos de ellos prometen mientras meten y después de metido nada de lo prometido. Aprendí a estar sola, a trabajar con mis manos, a tejer, a bordar, a ser muy diligente y responsable y también a ser mamá con mi hijo Luis Fernando, fruto de mi primera unión con un hombre con el que me fue mal, puesto que su machismo no le convencía porque yo ya sabía pensar, comparar, reflexionar y vislumbrar para mí una vida tan dura como la de mi madre, pariendo y callando la frustración de ser el recipiente sin fondo de un hombre elemental, que nunca supo que las mujeres son seres con identidad propia, cuerpo propio, decisiones propias, e ideas propias. Ese compañero mío creía que, sostener su hijo era un premio que ninguna se merecía. Aprendí a darme cuenta de que las madres hacemos acciones heroicas para que los hijitos gocen del apellido y de la figura de un papá que no desea comprometer su presente y menos su futuro por esas criaturas, que sin saberlo les regalan las más bellas sonrisas. ¡Qué estúpidas somos! dar hasta la vida mendigando un apellido y una plata, como si lo de nosotras que somos quienes gestamos los hijos, no sirviera.

Mi amoroso papá, mi amigo, vino a buscarme a esta gran ciudad para llevarme consigo cuando se dio cuenta de mi decidida viudez, pero yo soñaba con un futuro mejor para mi hijo e intuía que en Falditas, él moriría abrazando el azadón de la frustración. Es que lo que pagan por una cosecha en este país, no alcanza ni para soñar… Sin duda dejé ir a mi Jesús Antonio muy triste por mi situación, él quien siempre trató de protegerme. Sin embargo, me alegré de que el encantamiento de mi padre no hubiera logrado penetrar mi alma que ya se percibía insobornable.

Cuando ya estaba de nuevo soltera, llevando una vida difícil en cuanto al dinero que poco alcanzaba para una mujer sola y con un hijo ya grandecito, conocí un hombre mayor que yo varios años. Se me apareció la virgen, ¡eh Alberto Muñoz!

Alberto era un hombre bueno en todo el sentido amplio de la palabra: cada día era una fiesta con él. Una fiesta llena de estímulos, ya fuera por la comida que yo hacía, o por mis costuras y escritos. Le fascinaba la coca con el almuerzo que le preparaba para llevar a FATELARES, recuerdo que hasta su jefe lo envidiaba y esto hizo que yo en adelante tuviera que disponer una más. Alababa mi habilidad para crear y pensar rápido y lo lindo que mantenía todo a mi alrededor.

Tuvimos dos hijos: Omar y Marcela, así ajustamos tres porque Luis Fernando Gaviria mi primer hijo, fue siempre de sus amores y cuidados. Alberto se casó conmigo y con todo lo que yo amaba. El apego por sus muchachos era raro, se peleaban por sus rodillas donde los sentaba a llenarlos de afecto. ¡Qué gran hombre me regaló Dios!, en todos los años que vivimos hasta la desaparición de Omar, no hubo sino dicha de vivir.

Lo siguiente fue el comienzo de mi noche oscura, de la que salgo porque cada día me lo propongo. Omar era mi niño menor, estudiante de último año de bachillerato, tenía 19 años cuando vivíamos en el municipio de Bello en una casa que Alberto había comprado. Lo adorábamos por tierno, era el el mas lambón y el más querendón de mis otros 2 hijos.

Amante con su papá del futbol, hinchas del Deportivo Independiente Medellín. Cuando jugaba su equipo del alma hacían fiesta en mi casa, colocaban banderas en las ventanas y se vestían de rojo y blanco, compraban pitos y cornetas, gritaban y saltaban: era un carnaval completo y aunque a mí no me gustara el fútbol, yo disfrutaba al máximo viéndolos tan alegres. Omar me veía recostada en mi cama y me decía: córrase mami para que chismosiemos un ratico.

En medio de una vida sin penas llegó el día funesto. Recuerdo esos últimos momentos de amor con Omar: un día 15 de abril de 1995 a las 3 pm llegué de trabajar y mi hijo- quien solía hacerlo- me atendió muy bien, me sirvió tinto y luego el almuerzo. Cuando terminé me pidió plata para irse a tomar una gaseosa. Me dijo: mami voy a la tienda de la esquina. Me asomé por la ventana y como cuidándolo hasta que entró al lugar. De inmediato me acosté a hacer la siesta y me quedé profundamente dormida. Desperté a las (5 PM) y miré a la alcoba de mi hijo y al ver que no estaba me entró el susto más horrible, pues Omar no era muy callejero: solamente salía a jugar fútbol y a estudiar a la escuela nocturna, a la que entraba a las 6 y salía a las 10 PM. Yo sentía mi pecho oprimido, las madres somos videntes.

Inmediatamente mandé a mi hija Marcela a buscarlo y ella regresó diciendo; no está mamá, las calles están solas, por allí no sabe nadie de Omar, ni los compañeros de él. No se me olvida que como a las 5 y media de la tarde vino a casa un niño pequeño, de unos 6 añitos y me dijo: Doña Nubia a Omar se lo llevó un señor que era como un policía porque tenía un cinturón lleno de balas, lo montaron como a una patrulla con 4 amigos más, y cuando yo me acerqué a ese carro para preguntar qué para dónde iba, él no me respondió, agachó su cabeza. Entonces ese mismo tipo, el que lo montó allá me dijo: vea mocoso vaya dígale a la mamá de Omar que él se va para una finca y regresa en 3 días.

Yo, en principio no le creí al niño, salí muy desesperada a la calle a buscarlo, pero nadie sabía nada; ninguna persona lo vio, solamente ese niño. Más tarde me llevaron a la casa donde el pequeño vivía. En efecto él salió, y cuando iba a repetirme la historia, su mamá le torció un pellizco en mi presencia y no lo dejó terminar. Enseguida me dirigí con el corazón en la mano a la casa de los amigos de mi hijo y tampoco sabían nada de nada. Cuando se acercaba la medianoche y era tarde para madrugar a trabajar, no tuve más remedio que acostarme. Al otro día, ese 16 de abril lo pasé muy mal: tuve la boca seca y el corazón a mil. Hoy recuerdo mi angustia, creo que todo lo hice mal. Solo sé que desde ese día en adelante se acabó mi alegría, pues mi negro - como le decíamos por cariño- no aparece, no sé nada a pesar de lo que lo busco y he buscado, de las preguntas que me hago y he hecho y de las respuestas que he obtenido.

La verdad es que mi negro no era negro, era moreno, tenía ojos negros y grandes cejas muy tupidas y negras pestañas muy crespas, su nariz era ancha por su tabique torcido, por esto lo iban a operar y para ello le tomaron la única foto suya que conservo, porque las otras las han envolatado en ese ir y venir por los juzgados. Me parece que veo su boca carnosa enmarcada en un bigote pícaro y su cumbamba o mentón con un definido hoyuelo. Cuando lo veía peinarse admiraba su cabello negro ondulado. Omar poseía una contextura delgada y una estatura pequeña de 167 metros. Cuando se lo llevaron tenía una fractura en el brazo izquierdo… ¡Ah ¡cómo olvidar sus dientes blancos, si los exhibía todo el día a través de su risa generosa

Alberto mi compañero y padre amoroso de mis hijos, se sumió en un silencio profundo síntoma de su angustia y desesperación. No comía, extrañaba los reclamos de Omar por sus sobraditos. Regaló su camisa y las banderas del DIM y comenzó a debilitarse por el poco sueño y las pocas ganas de vivir. Esto hizo mella en su organismo y a los tres años enfermó de cáncer lo que al final causó la muerte del cuerpo, porque la del alma ya había acontecido el 15 de abril de 1993. Y como para ajustar, en ese lapso entre el 93 y el 97 mataron a dos de mis amados sobrinos: primero a Robinson quien se había convertido en el reemplazo de mi Omar. Era como mi segundo hijo. Y en el 95 a Frank, ambos jóvenes hijos de mi hermana Ana de Dios.

¿Y yo?, todos se iban, Luis Fernando ya casado y solo quedábamos Marcela mi hija y yo. La angustia me consumía al sentirme tan sola, puesto que mi hija, estudiante de la Universidad de Antioquia, sin dejar su carrera se casó, pero como se dedicó a buscar la verdad sobre su hermano, fue amenazada y yo tuve que mandarla para España, (sin terminar sus estudios profesionales) con el dinero que me produjo la venta de la casita que Alberto nos dejó. Marcela lleva ya varios años trabajando como loca para un día poder regresar sin problemas a su tierra y donde su mamá. En España vive con su marido y con sus pequeños: dos españoletes que me dicen cuando me ven por internet: ¡abuela qué guapa estás! Mi hija me ruega que me vaya, pero ese difícil paso no quiero darlo sin tener la verdad de lo que pasó con Omar. Es que de pronto él regresa y ya no estoy en pie esperándolo.

Hoy vivo en casa de mi mamá a donde cuido de dos enfermas, y aunque no es bueno, ni es fácil, lo acepto como un lugar de paso, de oportunidad para hacer el bien y como un espacio de aprendizaje. Allí además gozo de la dicha de tener cerca mi iglesia y al culto le dedico ratos que me han mostrado la sabiduría de la Biblia como sistema de vida sana y buena.

En mi desesperación me encontré con una señora Fabiola Lalinde, la mujer emblema de la lucha de una madre por la verdad y la justicia, la misma que dice pertenecer a un partido simbólico llamado EL PARTIDO DE LAS MAMÁS. Ella, recién pasado lo de Omar, víctima como yo de la desaparición de su hijo, me invitó a una reunión en la corporación Vamos Mujer donde nos reuníamos todos los martes en la mañana con la doctora Rosita Turizo. Estas dos señoras y otras cuatro madres, salimos al atrio de la Candelaria, con las fotos de nuestros hijos desaparecidos pegadas con colbón en unas cartulinas que a manera de valla manual nos ideamos adhiriéndolas a un palo de escoba

Luego secuestraron a Piedad Córdoba y lo único que recuerdo porque me pareció muy bonito, era que todos los martes íbamos a llevarle flores blancas mientras portábamos un letrero que decía: LA QUEREMOS VIVA,

En el 97 mi esposo se enfermó de gravedad y murió, entonces yo no pude volver al atrio, debido a una depresión muy fuerte que no me dejaba salir de mi casa. En el 2004 un señora me reanimó y me contó que si yo no había vuelto a la Candelaria que lo hiciera, puesto que le convenía a mi vida y a la causa. Cuando lo hice, casi muero de angustia viendo tantas madres sufriendo el mismo dolor que se revive con fuerza. Sin embargo esto me dio fuerzas para seguir trabajando por una causa colectiva. Causa de muchas y no de las representantes legales de movimientos como el de La Candelaria que ya ha decepcionado a no pocas. Por este y muchos motivos renuncié a dicho Movimiento del que ya era parte, porque además creo que muchos se aprovechan de nuestra ignorancia, ingenuidad y pobreza adolorida, para tramitar recursos que no revierten a la causa de la calidad de vida de las víctimas y no persiguen la justicia restaurativa, porque son grupos cuyo liderazgo está mal entendido. Tomé la decisión basada en la siguiente pregunta que hice un día en público ¿qué hemos logrado nada más que gritando en 10 años de plantón en términos de verdad, justicia y restauración? Nada es la repuesta. Es cierto que nos hemos visibilizado, pero eso no basta para nuestras vidas, tenemos que tener clara una ruta de acciones y de conquistas.

Hoy continúo buscando esa verdad diluida y esquiva, esa justicia basada en leyes injustas y esa restauración que no viene si las dos primeras cosas no están claras. Es que la restauración no es como tirarle un hueso a un perro para entretenerlo, eso de ofrecer un exiguo y vil dinero, sin contemplar además de los dos requisitos nombrados, un proceso constante y comprometido para asegurar que estos hechos no se repitan y que las víctimas seamos sujetos de integral intervención y apoyo, de mejor calidad de vida hasta que nos vayamos de este mundo, eso es un insulto que nadie quiere recibir. La diferencia es que ahora persigo lo mismo con ansia, pero enrutada en ayudar a sacar adelante EL PARQUE DE LOS SUEÑOS JUSTOS que encierra el sueño de muchas madres, algunos padres y el de una docente investigadora que nos acompaña como coordinadora. Ese macro proyecto se formó de una célula que fue precisamente un sueño: el sueño de Nubia Torres, el que a continuación transcribo:

“Mi sueño rumbo a la realidad”.

Julio de 2008

En una noche de tantas de desvelo cuidando a mi madre enferma logreé que ella estaba tranquila y me quedé dormida. Empecé a soñar lo siguiente:

Repentinamente mi ser me impulsó a levantarme... Empecé a caminar atraída por algo así unas montañas azules, estuve ante ellas por unos instantes paralizada, era un conjunto de cosas que no podía entender...Muchas figuras que se me presentaron en ese momento.

¡Dios mío! exclame en medio de tanta belleza que mis ojos estaban percibiendo. Y de repente, una luz me trasportó aún hermoso bosque; era increíble, allí reinaba una completa calma, empecé a recibir el aroma del campo, un olor a musgo mojado, las flores silvestres me sentía como en otro mundo. Cuando de repente, oí un murmullo de voces...Empecé a mirar de donde venían… increíble lo que mis ojos estaban viendo...Eran a mi esposo Alberto y mi hijo, Omar jugueteando en unos frondosos árboles con mis dos sobrinos Robinsón y Frank. Ellos fueron masacrados y torturados en esta guerra.

Estaban allí, en aquel bosque tan tranquilos como si estuviesen jugando a que te cojo ratón o algo así, no pude descifrar bien el juego, lo que si pude descifrar muy bien fue los árboles eran grandes y hermosos, muy florecidos y de ellos colgaban los ramilletes de flores moradas. Yo quería tocarlos, y abrazarlos, pero algo me lo impedía, era como una línea o algo así como un límite…

De pronto, los gritos de mi madre me volvieron a la realidad. ¡Que sobresalto tan fuerte!, yo quería seguir soñando...Pero ya era imposible. Empecé a atender a mi madre, cuando terminé de suplirle sus necesidades, me dediqué a escribir mi sueño para no dejarlo olvidar. Entonces le daba vida a mi sueño como impulsada por una fuerza, un gozo, una alegría que no cabía en mi ser.

Mi cabeza me daba vueltas, tenía que construir algo con este sueño. Como no pude volver a dormir...me levanté, me tomé un café, y empecé a escribir...Parecía que me dictaran las palabras para narrar este sueño el que más tarde se convirtió en el proyecto BOSQUE HISTORICO MADRES EN PIE. Ya lo tenía a escrito, pero no sabía a quién se lo iba a entregar...De repente, la profesora Marta Lucía Betancur se cruzó por mi camino ¡claro! ella es la persona indicada para orientarme sobre este tema.

A primera hora del día la llame y le pedí cita en su casa. Empecé a leerle mi sueño y ella lo digitó tal cual, y yo quedé con una copia. Más tarde mi corazón palpitó una y mil veces al salir de la Notaria después registrar este sueño que engendrará otros sueños de muchas de nuestro grupo.

Al miércoles ¡qué sorpresa! la profesora lo presentó a todas las mujeres víctimas a las que les pareció una buena propuesta. Entonces sobre esta base y después de largo tiempo el Bosque Histórico Madres, el que luego pasó llamarse BOMEMA (Bosque Memoria Madres) y por último por tratarse de todo un complejo temático se recibió el nombre de PARQUE DE LOS SUEÑOS JUSTOS el macro proyecto por el cual vivimos hoy.

Empezamos entonces a construir juntas este gran sueño, yo creo que la profesora da razón del cambio de nosotras, la alegría que reflejan nuestros rostros, y el empoderamiento que hemos tenido. De esto estoy segura...Es una revelación de Dios, un bálsamo para nuestro dolor por tantas lágrimas derramadas. “Allí nuestras historias se volverán POEMAS.”

Hoy soy de la Junta Directiva del PARQUE DE LOS SUÑOS JUSTOS, me eligió la Asamblea, fue muy emocionante porque en tanto tiempo de militar en el movimiento Madres de la Candelaria, nunca había experimentado este tipo de cosas. Allí ninguna sabemos cuál es la Junta y quién, cómo y cuándo se eligió la hoy representante legal. Tampoco sabíamos lo que eran unos estatutos para crear una persona jurídica y menos elaborarlos en forma participativa. Mi vida gira entre este proyecto hermoso y mis obligaciones cotidianas sumadas a los retos de sobrevivencia económica.

Me considero la más comprometida y mis manos y mis talentos me permiten elaborar los prototipos de la SERIE MUÑECAS, pulirlos, cronometrar su tiempo de elaboración y enseñar a las madres el difícil arte de coser hermosas muñecas con su vestido y su propia personalidad. Para ello, invierto tiempo y recursos, porque no quiero ser re victimizada digna de limosnas que hoy me quitan el hambre y mañana me dan más hambre. Creo firmemente en que nuestro proyecto es el más completo y hermoso, porque no hemos dejado que los lobos feroces – que ya nos han hecho tanto daño- devoren nuestra idea.

Por eso OMAR y los míos son mi luz para seguir adelante con este proyecto.