10 de febrero de 2013

CAMILLE CLAUDEL


Barro, piedra, soledad, encierro.
 
"Les he recibido cojeando, con un abrigo viejo y raído, y un sombrero, también viejo, de la Samaritaine, que me caía hasta la nariz.  En fin, era yo.  Recordaran a su tía anciana y loca.  Así apareceré en su recuerdo, dentro de un siglo…"
Camille Claudel. Domingo, 4 de abril de 1932
 
¡Camille!  ¡Camille!
Ya nadie toca a tu puerta.  Ya no hay puertas.
Ya el cincel no es música, sólo silencio  ensordecedor.
 
No son pocas las historias bien y mal contadas, sobre mujeres perdidas en la locura de su amor, de su arte, de su época.  Mujeres cuyo principio creador les rebasa y cuya sensibilidad se emparenta con desquicio.
Camille Claudel aparece en la película de Bruno Nuytten (1988) como la musa, la amante,  de Auguste Rodan,  pero sobre todo, se resalta en ella su pasión por la escultura, ese arte  encerrado en una losa o piedra, esa imagen detrás del mármol que encierra los secretos del artista y que sólo se deja ver tras el dolor del golpe del cincel.   Pareciera que este fuera ya el sino anunciado para Camille:  el encierro.
 
Con una madre no materna, un hermano ocupado en  poesía y principios religiosos y un padre quien deposita en ella mucho más que expectativas y exigencias; Camille  vuelca su pasión en quien comparte su arte,  el escultor Auguste Rodan.  La escultura los une como entrelazados se muestran los cuerpos en sus obras de yeso, mármol y bronce, pero el amor los separa en tanto el amor de mujer humana en poco se parece al amor de musa. En tanto que los requerimientos del corazón se distancian de los ideales de lo establecido  y de la razón.  También pienso que los separa las vías, las formas y el sentido de su creación.
 
Hay algo que nos es difícil tolerar a las mujeres: el desamor, que se convierte en desalojo del alma propia para habitar el vacío de lo imposible.  La tierra que se levantó en las manos de Camille no fue suficiente para sostenerla del dolor de la pérdida.  Su arte, su obra, en un momento fue sustento y luego, pena.  Y los  dolores del corazón en una mujer desnutren su fuerza creadora y pueden encaminarla hacía la desolación.
Creación y destrucción para huir del dolor del abandono y del no reconocimiento.  Fuga hacia la soledad para encontrar la propia voz, la propia forma.  Silencio que se hace encierro, como lo expresaría en algunos apartados de sus cartas desde el manicomio :  "...Se me reprocha (¡espantoso crimen!) haber vivido sola…"  (Anne Delbée.  Camille Claudel).
 
30 años de encierro, ya no por su propia elección sino exiliada.  La piedra que otrora expresó belleza y movimiento,  se convirtió  hasta el final de sus días en muro de encierro y soledad.
 
Ángela P. Ramírez