12 de abril de 2016

ALIMENTO SAGRADO. LA FUNCIÓN MATERNA

Cezanne

Alimentar, lactar, nutrir, amamantar, dar, amar, son verbos asociados al arquetipo de la Madre y a la vez son cualidades a integrar, ejercer, concientizar y despertar en el gran desafío de ser madres en esta tierra. Es importante identificar las cualidades y atributos más esenciales del ser madre, pero no es suficiente sólo ese reconocimiento intelectual, pues es en la experiencia donde nos enfrentamos con la necesidad de activar la función materna con nuestro propio ser, para luego poder nutrir a los hijos. Y ésta función hace referencia a la capacidad de auto protección, auto cuidado, auto nutrición, auto respeto y la presencia del amor en la relación con los demás, con el mundo y con nosotros mismos.

Conectamos con el principio de la Gran Madre cuando valoramos la vida y la materia que la manifiesta, es decir, cuando como jardineras responsables y conscientes protegemos y nutrimos las semillas que hemos sembrado (los hijos, los proyectos, los sueños), colaboramos en su germinar con compromiso, celebramos sus brotes, fortalecemos sus raíces, alimentamos sus tallos y hojas, y nos gratificamos con el aroma de la flor y el fruto. Este arquetipo se encuentra directamente enraizado en la experiencia fisiológica del nacimiento y en la relación con la madre y con el mundo de la materia (el cuerpo, la comida, la tierra, las sensaciones, las relaciones), comunes a toda la humanidad.

Las madres y los hijos(as) completan un círculo perfecto de vinculación creativa, que puede ser potenciado desde la conciencia o frenado y bloqueado desde el miedo, el desconocimiento y la limitación. Este círculo, vínculo, pareja vital, madre-hijo(a) se autorregula, está en interacción constante consciente e inconscientemente, desde antes del nacimiento físico hasta los posteriores nacimientos psicológicos. Honrar este vínculo, bien sea desde el lugar del hijo(a) o desde el lugar de la madre, significa honrar la vida en la tierra.

Klimt. Mother and Child

La función materna en un ser humano fortalece la conexión, valoración y respeto por la vida en cualquiera de sus manifestaciones y se expresa claramente en la capacidad de cuidar de sí mismos y de otros, en la capacidad de identificar las propias necesidades y satisfacerlas, en la capacidad de sentir arraigo, pertenencia y en la capacidad de sentirnos seguros y a gusto con nuestro cuerpo físico, entre otras.

Cuando una madre conscientemente ejerce esta función en su propia vida y en la relación con su hijo, le está alimentando más allá del plano físico; y es precisamente ese lactar, amamantar, dar de comer, nutrir, lo que puede convertirse entonces en alimento sagrado. No es gratuito que en nuestra cultura y en los niños de hoy se estén encontrando unos altos índices de trastornos alimenticios, será que ¿hay ausencia de alimento sagrado? Será que como madres ¿necesitamos re-significar las formas de relación con la comida?, Creo que sí; nuestros niños nos están pidiendo a gritos un cambio en los condicionamientos respecto a la alimentación, una apertura mayor y la superación de las dicotomías mente-cuerpo, para comprender que en lo referente a la alimentación, entre madre e hijo, lo más importante es la disposición relajada y consciente al momento de la comida, la emoción positiva y el vínculo, sentir aquello que se quiere transmitir en la experiencia de dar y recibir alimento.

En numerosos estudios se ha demostrado que los niños con alteraciones en la conducta alimentaria (obesidad, rechazo y evitación a la comida, picar, rumiar, problemas digestivos, etc.) suelen tener madres impredecibles, controladoras, con menor sensibilidad para recibir las señales del niño, ansiosas; en otras palabras, madres que necesitan reforzar la función materna en sí mismas y hacia sus hijos. Por lo tanto, esto es lo que transmiten a los niños, en lugar de alimento nutritivo. 

Es un asunto relacional en donde es fundamental comprender que como madres podemos sentir contradicción, ansiedad, frente al proceso de alimentar, es lógico, humano; hace parte del proceso natural de cuidar de otros, pero también es necesario establecer una confianza básica, unos niveles de observación altos para leer las señales de los niños y sobre todo tener mucho cuidado con la interpretaciones radicales que le damos a éstas; por ejemplo, muchas madres pueden sentirse cuestionadas como mamás al interpretar totalmente negativo el rechazo de su hijo hacia la comida, incluso sentir culpa y miedo por la desnutrición de sus hijos, cuando muchas veces este rechazo está asociado a momentos naturales del desarrollo, en donde los niños perciben ganar autonomía al negarse a comer. Y en muchos otros casos la comida en exceso de los niños tiene que ver con una compensación del hambre emocional.

Nutrición emocional

La comida es metáfora de la vida emocional, por ello tanto la madre como el hijo nutren su relación en los momentos de dar y recibir alimento. La tranquilidad, la seguridad, la percepción de ser amado incondicionalmente se ponen en evidencia a la hora de comer, pues este momento puede ser sagrado y oportunidad para el aprendizaje o puede convertirse en un juego de poder y círculo vicioso desafortunado para el crecimiento y bienestar de los niños.


El alimento sagrado es aquel alimento que integra la forma, el contenido y la acción o propósito en el momento de comer, es decir, la comida que nutre no sólo el plano físico del niño, aportando al crecimiento y desarrollo de sus tejidos, órganos y sistemas, sino también que nutre su creciente personalidad y ayuda a configurar su sentimiento de confianza en sí mismo y en el mundo. Para hallar el alimento sagrado podemos preguntarnos: ¿Qué se da? (Contenido, nutrientes, alimentos ricos en vitaminas, minerales, oligoelementos, etc., acordes a la edad y momento evolutivos), ¿Cómo se da? (Forma, estado emocional de la madre, mensajes no verbales, disposición del lugar, horarios, etc.) y ¿Para qué? (Propósito, nutrir el cuerpo y el alma, afianzar seguridad y aprendizaje de la propia función materna, transmitir amor y gusto por la materia, por la vida.).

En la medida en que las madres, los cuidadores, las personas a cargo de la alimentación de los niños sean más conscientes, amorosas y sensibles, la hora de la comida puede ser un gran momento de encuentro, aprendizaje, juego y no una situación de tensión y malestar. Es conveniente tener en cuenta:

• El niño en el acto de comer está aprendiendo a diferenciar, reconocer, asimilar y digerir información de un medio externo a él. Está reconociendo y valorando sus límites. Está desarrollando sus sentidos y capacidad perceptiva (olores, sabores, colores, etc.).

• El niño posee una sabiduría corporal nata que le informa lo que necesita su cuerpo y lo que no.

• Evitar completamente utilizar la presión física para que el niño coma.

• Evitar que las emociones de rabia y hostilidad estén presentes al momento de preparar los alimentos y en el momento de dar de comer a los niños.

• Aumentar los niveles de sensibilidad y flexibilidad frente a las señales de los niños (hambre-saciedad). Como adultos, también podemos aprender nuevos hábitos y formas más sanas de alimentarnos. Aprender de ellos, quienes están más cercanos a los ritmos naturales del cuerpo, hará que el proceso sea más fluido.

• Transmitir a los niños mensajes claros respecto a la comida, no asociarla con premios o castigos.

• Permitirles a los niños tomar la comida con las manos.

Dice una mamá respondiendo a la pregunta de la alimentación en sus hijos:

“mmm alimentación, no dulce, no sal, no los necesitan.

Primero dejarle jugar con la comida, y no preocuparse por lo que se ensucian, para eso están los baberos, pues la verdad yo trataba de no meterle muchas emociones a la hora de comer, es decir, no hacer show porque comió o no comió. Que sea como algo súper normal.

Cuando se aburría en la sillita y no quería quedarse, le ponía juguetes, o algo por hacer y se entretenía y me recibía más comida, pero no lo obligaba a estar sentado en la sillita, pues después le cogen pereza a la sillita”. Coloco comida que él pueda comer, cocinaba manzanas enteras y se las daba cocinadas sin volverlas puré, así enteritas, y eso era súper chistoso, especialmente cuando no tienen dientes ¡es buena idea!”.

Cada mamá es única, cada niño(a) es único(a), por lo tanto cada experiencia denota la particularidad en ese vínculo. Cuando una madre se permite activar conscientemente la función materna, sucede que ella misma resulta nutrida en el dar, y recibe tanto ella como su hijo(a) alimento pleno de sentido, alimento sagrado: físico, emocional y espiritual.

ÁNGELA P. RAMÍREZ C.